La soledad del que se cuida

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La soledad del que se cuida

La soledad del que se cuida

Esta es la historia de una de tantas veces que has decidido cuidar tu alimentación. Para ello has pensado no comer pan por un tiempo, una temporada sin beber cerveza, quitarte las galletas de la tarde, los hidratos refinados, los lácteos, azúcar, refrescos, bollería, o lo que sea que consideraste para cuidarte.

Al principio te ilusiona la sensación de bienestar por dichos cambios. La satisfacción de tus logros te sacan una sonrisa. La creencia de saber que tu salud y tu estado de ánimo mejora, te motivan para seguir. Algunas ideas se han quedado en el camino en este principio, pero esta vez has superado las dificultades y lo estás consiguiendo. 

Han pasado dos o tres semanas y en el horizonte se vislumbra un gran monstruo: nuestra propia mente. Cuestionamientos diversos, enfado, rabia, desidia y otros sentimientos depresivos se van sucediendo.

Cuanto mayor es la soledad, más alto se escucha.

¿Por qué yo no puedo comer esto? ¿Por qué hay otros que sí lo comen y están mejor que yo? ¿Qué hay de malo si como un poco, o un poco de vez en cuando, o un poco al día? ¿Qué gano yo con esto? ¿No estoy ya
bastante jodida como para encima ponerme más límites? ¿Por qué no adelgazo? ¿Por qué no mejoro mis marcas? Por qué no mejora mi salud? ¿Por qué me he constipado otra vez? ¿Por qué tengo que pasar hambre? ¿Por qué tengo que sufrir para estar bien? ¿Será realmente bueno esto para mí?…

¿Cómo puede ser que en todo el parque empresarial no haya ni un bar de comida saludable? ¿Por qué la gente no se cuida como yo? ¿Por qué tengo yo que dar explicaciones a los demás? ¿Por qué tengo que esconderme, o discutir, o soportar cachondeos de mi comida? ¿Por qué no venden productos eco e integrales en el mismo supermercado y tengo que hacer mil viajes?… Mis amigos sólo quedan en bares de comida basura, tengo comida con mi familia, tengo varios compromisos, yo es que tengo que comer en el trabajo y no hay opción, etc… después de todo el día criando o trabajando o aguantando lo que me toca, yo me voy a relajar y a comer lo que me apetezca.

Así, sin respuestas, los propósitos se tambalean. Algunos finalizan aquí su aventura, otros se mantienen con falta de rumbo y no aguantarán mucho más. Muy pocos se sostienen con voluntad y firmeza.

Nos sentimos solos. Parece que nos tengamos que aislar para cuidarnos. Nadie va a saber el esfuerzo que estás haciendo por mejorar tu salud. Nadie va a felicitarte. Difícilmente puedas colgar una foto en tu Instagram. Puede ser que tengas pareja, familia o amigos que te quieren y a los que puedas contarles, pero no te sientes comprendido.

Los cambios más impresionantes los he visto cuando hablamos de la muerte. Cuando la punta de la guadaña brilla y aparece en forma de grave enfermedad, lo que importa está muy claro. Da igual lo que piensen los demás, da igual el dinero, da igual si antes te veías más guapa… da igual todo, lo importante es vivir y que sea lo mejor posible.

La supervivencia, el deseo de ver amanecer un día más, las ganas de volver a abrazar a esa persona, no querer más dolor ni sufrimiento, hacen que el plato se llene de equilibrio y salud.

Ahora viene la cuestión complicada. ¿Qué diferencia hay entre una mujer que quiere vivir sin cáncer en su pecho y una persona con obesidad de grado 3? ¿Por qué para unos pocos esta tan claro y para otros tan confuso?

O voy a añadir ¿Debería una persona saludable privarse de una Coca Cola de vez en cuando, llena de aditivos relacionados con multitud de enfermedades mortales?, ¿Deberían mis hijos privarse de comer chuches nunca?.

Los nombres de las enfermedades quizá nos provocan confusión. La vida de una persona con cáncer no es peor ni mejor que la de alguien con colesterol o que la tuya o la mía. No es ni más ni menos importante una amputación que un dolor de cabeza. La trascendencia que pueda tener una u otra es tu vivencia.

Da igual la etiqueta que quieras ponerle a lo que sucede en tu cuerpo y mente. Da igual si es grave o no. Da igual si hay diagnóstico. Todo se cura con amor a uno mismo. Si sabemos el remedio, para qué queremos saber cómo se llama. Nuestra brújula interior es muy clara si sabemos escucharla.

Es en las diferencias de cada día donde está el mérito, el secreto, el valor, la belleza, el resultado, la ciencia y la convicción.

Algunas veces pregunto en mis consultas -¿Qué crees que es lo que más te está perjudicando de tu dieta?-, y las respuestas son muy consistentes, sin necesidad de haber estudiado nutrición ni medicina integrativa.

Las personas cambiamos despacito. Nos provoca aquello que tantas veces nos ha dado placer, olvidando que es lo mismo que hoy nos está lastrando. Lo vivido en el pasado siempre fue más fácil. Pero la seguridad que te hace sentir lo que tienes y conoces, es el gran coste de lo que puede traerte más vida.

El camino fácil que nos han vendido, es comprar píldoras de resultados soñados. Criados con cuentos en los que el protagonista valiente trae la medicina prodigiosa, después de recorrer mil penurias y enfrentarse a la bruja malvada.

Quizá, más maravillosas sean las hojitas que crecen en tu ventana, o sencillamente el ayuno. Pero claro, la nada o el comer menos, requiere superación personal y puede hacerte sentir solo.

Amiga o amigo, te animo a que sigas fuerte, valiente y constante. Tenemos mucho por disfrutar, sobretodo cuando nos abran la puerta de casa después de este confinamiento 😉 . Llevar una dieta moderada y equilibrada es una forma de vivir que puede complicarse. No te voy a engañar, ya sabes que requiere esfuerzo. Te voy a recordar también que merece la pena 😉 . 

Aunque sea mi negocio, también es mi vocación, y no quería despedirme sin recordarte que lo que yo puedo hacer por ti, es acompañarte en la soledad del que se quiere cuidar. 

Leyre

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